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José Ortega y Gasset un ejemplo de oratoria - EL arte de la Oratoria
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Filosofo Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset un ejemplo de oratoria

Para empezar a hablar de Ortega como orador tenemos que advertir que su personalidad intelectual fue la de un filósofo. Y que su palabra estuvo puesta al servicio de tan alto magisterio.

 

Ortega y Gasset tuvo tres grandes cualidades. La cualidad de pensador. La cualidad de escritor. Y la cualidad de transmisor de la palabra oral.

De las tres capacidades, aquella en la que quería sobresalir más era la de pensador. Existían razones muy objetivas para conseguir que fuera así. Como filósofo, se sentía capaz no solo de codearse sino también de rebatir a los grandes maestros de la Historia de la Filosofía. Con respecto a algunos de ellos se sintió superior por partida doble.

Primero, por sus cualidades de filósofo. Así por ejemplo, tratando sobre las cuestiones del amor, se sintió por encima de Sthendal percibiendo que a su contrincante le faltaba capacidad metafísica.

Segundo, por la construcción de la teoría filosófica. Analizaba y criticaba los aspectos débiles de la filosofía de Kant y después construía una teoría. De esa forma elaboró su teoría de la razón vital con la que solucionaba los problemas que otros filósofos no habían sido capaces de solucionar.

¿Qué es la razón vital? Es el modelo de razón ofrecido por Ortega para superar a la razón pura de Kant. Ortega piensa que la vida es la realidad radical de la que hay que partir para comprender al ser humano. Vida que se despliega, tanto en la sociedad como en la historia.

La dimensión literaria.

 

Ortega y Gasset

Examinando con detención el conjunto de la naturaleza creadora de Ortega los analistas concluyen de que antes que filósofo, Ortega era literato. Tenía una gran capacidad de elaborar magníficas construcciones literarias de alto estilo. Y solo sobre la base de dicha construcción era capaz de montar un profundo esquema filosófico. Es decir. Escribía. En su fascinante arrebato literario concebía metáforas brillantes. Y sobre la base de dichas metáforas, construía la realidad intelectual intuida en el marco de la literatura. En Ortega se daba una ósmosis entre el pensador y el artista. Pero era el subsuelo artístico el que condicionaba, dirigía y encauzaba su teoría.

Pongamos un ejemplo. En 1910 apareció en sus escritos como imagen, la expresión Adán en el paraíso.  ¿Qué quiso decir Ortega con esta imagen? Cuando la utilizó se refirió a la pintura. «Lo importante del pintor – escribió – no es pintar una cosa.  Lo importante es dotarla de condiciones de vida eterna«. Así era para Ortega como habían trabajado «todos los pintores heroicos«. Lo que han hecho ha sido pintar «las condiciones perpetuas de vitalidad«. Y es a dichas condiciones de vida eterna a las que Ortega, simbólicamente, llama «paraíso». Paraíso es lo que envuelve de grandeza el objeto, objeto mucho menos importante que las condiciones de vida eterna que ha sabido el pintor dejar en el lienzo. Es decir, en su entorno. Ortega nos describe cómo lo hace Velázquez en sus cuadros. Y cómo lo hace Miguel Ángel en sus esculturas. Antes de hacer una obra escultórica Miguel Ángel manejó muy libremente el concepto de «terrible» como adjetivo. Y luego lo plasmó en sus obras como sustantivo.

Aquí, lo metafórico, lo estético, es un estadio intuitivo anterior a la construcción de la teoría. La metáfora originaria que en 1910 llevará en 1914 a expresar el concepto «yo soy yo y mi circunstancia». El escritor sabía ya muy temprano, nos dice Julián Marías, lo que el filósofo todavía desconocía. La metáfora no sirve solo para embellecer e iluminar el pensamiento. Iluminar y embellecer es algo que el profesor utiliza con pasión cuando quiere que sus alumnos se queden de forma muy firme con el concepto. Pero en Ortega es algo anterior, algo previo. Es mucho más. Es su soporte fundamental.

Pongamos otro ejemplo tal como nos la cuenta Ricardo Sanabre.

Ricardo Senabre, primer decano de Filosofía y Letras de Cáceres

Ricardo Senabre, primer decano de Filosofía y Letras de Cáceres

Una imagen muy frecuente que utiliza Ortega y Gasset para describir la vida es la del naufragio. ¿Cuándo nos encontramos con el naufragio en la vida? Ortega se responde a sí mismo. Cuando estamos sumergidos frente a los demás, cuando estamos, de una forma o de otra, perdidos frente al otro.

Una imagen que literariamente aparece en Ortega en el año 1914, luego se repite sin cesar a lo largo de toda la obra orteguiana. Y es, tras una cadena de variadas metáforas, cuando su doctrina filosófica se va perfilando cada vez más hasta que alcanza su plenitud.

La dimensión oratoria.

 

Intelectuales y Orgtega

Hasta aquí, dos campos de relación, el literario y el filosófico. ¿Dónde situamos el tercero? ¿Dónde colocamos la palabra oral? ¿Dónde ponemos la oratoria? ¿Está entre los dos? ¿Tal vez después? ¿No podría, incluso, estar antes?

Son los analistas de Ortega los que afirman que antes que escritor era orador. Porque de una manera natural era «más hermoso que exacto, más grandilocuente que preciso«. Hay quien habla de su «espuma retórica» que tenía sonoridad, más que sentido. La palabra más elocuente que él era capaz de producir se generaba en contacto con los demás. Los asistentes a sus disertaciones en el momento en que él se expresaba profusamente, eran un potente acicate que le hacían profundizar en lo que iba diciendo. «El pensamiento de Ortega – nos dice Zamorano Bonilla, uno de sus biógrafosse iba haciendo junto al otro, junto al alumno, junto al oyente de la tertulia«. Y tanto se dejaba influir del público en la construcción del contenido, que luego, para publicar lo que había dicho, más que de las notas que había previamente escrito, se servía de los apuntes taquigráficos que tomaba su colaborador Francisco Vela.  Se fiaba mucho Ortega de la exactitud con que tomaba el taquígrafo, de lo que había expresado. Una expresión que le surgía a borbotones del contacto con la gente que le escuchaba muy interesada. La atención de la gente, generaba en él una pasión verbal que consideraba muy merecedora de pasar a la posteridad. El público le inspiraba. Tenía una capacidad infinita de improvisar. A dicho rasgo inspirador se refiere uno de sus discípulos más selectos, Julián Marías: «cuando hablaba se le veía pensar«.

Examinemos diversos rasgos probatorios de lo que vamos diciendo:

El primero se referiría al estilo de trabajo propio del orador. Como por ejemplo, hacerlo paseándose. Por ello Ortega buscó para vivir pisos con largo pasillo. Así lo tuvo su primera vivienda en Madrid cuando vino con su esposa desde El Escorial. Estaba en la calle Zurbano. Lo mismo aconteció con el posterior de la calle Serrano. Y con el último de la calle Velázquez. Churchill hacía lo mismo. Pasearse para preparar lo que tenía que decir y cómo debía decirlo.

Otro rasgo revelador de la capacidad oratoria de Ortega fue su tendencia a buscar sonoridad en la expresión. A veces, le salía sin ser buscada. Y repercutía en sus seguidores que le aclamaban magnificando el éxito. Cuando el público se congrega para oír al orador es porque quiere gozar de sus cualidades retóricas. Así le sucedía a Castelar.

Descubriendo en Ortega sus rasgos primigenios de orador, tenemos necesidad de hacernos la siguiente pregunta.  ¿Por qué no ponderaba Ortega sus cualidades de orador tanto como las de filósofo? La respuesta parece obvia. Lo fundamental para él era la filosofía. La oratoria no era más que un instrumento. Piensa que supera a Kant, a los idealistas, a Huserl. En cambio para Churchill la oratoria era lo esencial. Con la oratoria formaba la opinión pública y de esa forma ganaba la guerra. Era su visión la que engendraba su retórica. No al contrario. Ambos, cada uno a su manera, han sido considerados los mejores oradores en la Europa del siglo XX. Churchill con sus discursos. Ortega con sus conferencias.

La  Intervención oratoria de Ortega y Gasset en la política.

La intervención de Ortega y Gasset en la política fue muy distinta a la de la gran mayoría de los oradores políticos. En la mayoría de los oradores políticos, el uso de la palabra está siempre al servicio de su acción. Ortega, por el contrario, en la mayoría de su vida, fue un meditador sobre la política. Lo casi único que he hecho en 25 años – dijo en 1931 – ha sido «meditar sobre los problemas políticos de nuestro país«. Meditador, analista, crítico. Es lo  que fue Ortega y Gasset salvo en dos excepciones muy contadas en las que bajó a la arena de la disputa del poder.

Conferencia de Ortega y Gasset

La primera de ellas fue cuando participó en las elecciones a las Cortes Constituyentes de la II República presentándose a diputado por Segovia y por León como miembro de la Agrupación al Servicio de la República. Un grupo formado principalmente por intelectuales que tenía por finalidad reflexionar sobre las cuestiones políticas desde el punto de vista de la ética, de la corrección, del diálogo entre las diversas corrientes de opinión. Es decir, un grupo que mejorara la tendencia a la disputa salvaje y a la discusión malintencionada. La segunda, cuando intervino, con mentalidad de mentor en dichas Cortes aplicando el espíritu del objetivo que acabamos de describir.

Refirámonos al contenido de la meditación orteguiana sobre la política española. Gran parte de dicho contenido se encuentra en la conferencia que dio en el Teatro de la Comedia el 23 de marzo de 1914. Llevó por título «vieja y nueva política«. Habló en nombre de la Liga de Educación Política Española. Una asociación recién nacida.

La España oficial está muerta. Todo lo más está acabando de morir. Nuestros organismos, del Parlamento al periódico, de la Universidad a la escuela rural, son todo un esqueleto. Las ideas políticas son fantasmas, los partidos son fantasmas, los ministerios, son ministerios de alucinación. Los partidos vigentes están desintegrados. Las nuevas generaciones se han apartado de la política.

«La Restauración – dijo entonces Ortega – fue un panorama de fantasmas y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría«. Cánovas, «por encima de ser un gran erudito y un gran orador y un gran pensador, fue señores, un gran corruptor, como diríamos ahora un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible«.

La Restauración estimuló «el fomento de la incompetencia» «de la omnímoda, horrible, densísima incompetencia«. Fue ella la que nos condujo al desastre del 98.

Ese espíritu meditativo y crítico sobre la política lo arrastró Ortega toda su vida través del tiempo. Veamos lo que dijo sobre las elecciones y sobre las campañas electorales de los candidatos a los puestos políticos que se les ofrecían. Me refiero a la campaña de las primeras Cortes de la República:

«Con profunda vergüenza asisto a la campaña electoral que se está llevando a cabo en toda la península«. «Salvo ejemplares excepciones, los millares de discursos que se han pronunciado en España no han denunciado una sola idea clara, definida, sobre la figura de ese Estado futuro«.

«Se han acumulado palabras hueras sobre palabras vanas en fabuloso montón» … «se han prometido al pueblo español cosas fantásticas» … Los oradores políticos son «palabreros que buscan solo halagar a la muchedumbre que les escucha;  alcoholizarla con vocablos tremebundos para que así, borracha e inconsciente, vaya como un rebaño de ovejas a las urnas, como un rebaño de  búfalos a la revolución«.

Otra cuestión entonces muy novedosa sobre la que especuló Ortega y se dirigió analizándola tanto a la multitud que le escuchaba en grandes mítines como al público selecto de las conferencias, fue la de la organización territorial del Estado. Y la crítica más firme que hacía era a las provincias. Se ha dejado a la provincia que arrastre «su inercia política«. La Monarquía, «con la inercia provincial» … «podía aplastar la inquietud política de las grandes urbes«. «La Monarquía de Sagunto ha sucumbido – dijo hablando sobre el proyecto de Constitución el 4 de septiembre de 1931 – por no querer organizar la vida local. No basta el municipio y la provincia. Es necesario institucionalizar la región a partir de la región tradicional. De esa forma se podrán en juego – desde una plataforma más seria – millones de españoles. Cada región tendrá su parlamento. Y desde dicho parlamento pasarán los mejores de todos ellos a formar parte del parlamento nacional«. Ortega no opta por el federalismo. Opta más bien por el autonomismo. El federalismo se ocupa de la soberanía que es algo que en España no puede funcionar bien. El autonomismo tiende a reconocer poderes secundarios. La lectura de lo que decía Ortega sobre las regiones recuerda bastante a lo que son en la España actual las comunidades autónomas.

¿Qué expresión oratoria utiliza Ortega al hablar de los temas a los que nos acabamos de referir? Una oratoria de metáforas. Una oratoria buscadora de la estética. Gusta ser oída. Pero es muy difícil de imitar.

Así por ejemplo, critica al gobierno: «En vez de una política unitaria, nacional, dejó el gobierno que cada ministro saliese por la mañana, la escopeta al brazo,  resuelto a cazar al revuelo algún decreto, vistoso como un faisán, con el cual contentar la apetencia de su grupo, de su partido, o de su masa cliente«.

O se refiere al general proceder de los seres humanos en la relación que existe entre las ideas y la acción: «el Libro de los Vedas, compuesto por boyeros, dice ya que los hombres dependen de sus ideas, porque la acción sigue al pensamiento como la rueda del carro sigue a la pezuña del buey«.

La forma de la oratoria orteguiana.

            La mirada.

María Zambrano nos dice que Ortega miraba con mirada de «rayos x». Es decir, con capacidad de penetrar. Al penetrar transmitía también una actitud meditativa . Y, en ocasiones también, una «afable ironía«. Habiendo penetrado en el asistente era muy respetuoso con aquella intimidad descubierta en el oyente dispuesto a asimilar lo que el conferenciante le lograba.

            La voz.

La voz de Ortega fue descrita por Antonio Rodríguez Huéscar que durante largos años tuvo íntimo contacto con él, como «grave, debeladora y suasoria«. Otros autores como Julián Marías, al hablar de su maestro se han referido a cómo la muestra de la voz enseñaba cómo era su personalidad. «Su voz – escribe Marías – era lo primero que decía quién era Ortega. Estaba todo en ella. Grave, a veces ronca, notas bajas, dramáticas. Al final de las frases se encontraban numerosos matices expresivos«.

Julián Marías nos hizo en cierta ocasión la siguiente confesión:

«No puedo leer a Ortega sin escuchar su voz«.

            El Movimiento, los ademanes y los gestos.

En Ortega podemos llamar movimiento no solo al espacial el que normalmente muchos oradores hacen en un escenario y muchos profesores en el aula. Hay que tener también en cuenta los gestos. Los de las manos sobre la mesa que decían su parte. Y los de su rostro. De cuando en cuando «se le encendía su faz con una sonrisa alegre y caliente«.

Ha escrito profundamente sobre Ortega, Julián Marías. Sus numerosos discursos están esparcidos por los diez volúmenes de sus Obras Completas.

Carlos
carlos.llerena@theshedcoworking.com
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