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Emilio Castelar como orador, presidente de la I republica
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Estatua a Emilio Castelar

Emilio Castelar: La elocuencia arrebatadora del Presidente de la I República

La muestra más brillante de Castelar como orador tuvo como cumbre un largo párrafo de su más conocido discurso: Grande es Dios en el Sinaí, la oración política declamada en las Cortes Constituyentes de 1869. El diputado la pronunció para conseguir que dichas Cortes consignaran en la nueva Constitución un artículo dedicado a la libertad religiosa.

 

Aquellas Cortes fueron unas Cortes extraordinarias. Casi podría decirse que fueron el resultado de un milagro laico. A pesar del apasionamiento que apareció entre unos partidos y otros, a raíz de la cuestión religiosa, se vio cómo la libertad se introducía con fuerza – de una forma o de otra – por los entresijos de todas las tendencias políticas. Fue aquella una discusión a la que se dedicó el 80% del tiempo destinado al debate sobre el texto de la nueva y progresiva Constitución.

            Mucho me ha entusiasmado en mi vida de estudioso la contemplación de tan profundos contrastes y el análisis de su contenido ideológico, además de la conducta de unos y de otros iluminada por aquel inesperado encuentro con la libertad. Yo bien he podido decir que de todas las Cortes españolas – incluidas las actuales – las únicas a las que me habría gustado pertenecer son a las Constituyentes de 1869.

            El diputado izquierdista Suñer y Capdevila hizo mofa de uno de los misterios más reconocidos del cristianismo, el misterio de la Santísima Trinidad. Fue la primera vez en la historia que se blasfemó intelectualmente en el parlamente español. Y ¿cuál fue la respuesta de la Iglesia Católica? ¿Acudir a las leyes penales como se había hecho antes e iba a volver a hacerse después? No. No hubiera podido. Fue organizar actos exclusivamente religiosos. Celebraciones, en todas las iglesias del país de triduos sagrados de reparación.

            Diversos prelados de la Iglesia acudieron a las Cortes no por haberlo dispuesto una norma que, como tantas veces les favorecía, sino por haberse ganado su escaño participando en el desafío de las urnas. Un importante obispo, el futuro cardenal García Cuesta, escribía en las páginas del periódico La Iberia. Y otro como Monescillo no se presentó a los compañeros de la cámara como obispo sino como periodista.

La iberia diario liberal

            Dicha perspectiva tuvo en la izquierda una demostración también religiosa unida a los principios más revolucionarios de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. Y en esa conjunción de tradición y modernidad  es donde nos encontramos al tribuno más famoso del siglo XIX: Emilio Castelar.

            Castelar fue una personalidad religiosa. Había sido célibe. Pero no solo célibe. También, como constata Rubén Darío, fue casto. Y el párrafo del discurso que voy a referir fue elaborado con el espíritu religioso de quien se sentía capaz de estimular a sus compañeros diputados, diciéndoles: «en nombre del Evangelio«.

            He aquí el fragmento:

            «Grande es Dios en el Sinaí. El rayo le precede. El trueno le acompaña. La luz le envuelve. La tierra tiembla. Los montes se desgajan. Pero hay un Dios más grande todavía que no es el majestuoso Dios del Sinaí sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo. <Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos. Perdona a mis perseguidores porque no saben lo que hacen>. Grande es la religión del poder, pero más grande es la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso. Y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis en vuestro código fundamental la libertad religiosa. Es decir, libertad. fraternidad, igualdad entre todos los hombres«.

            Aquella Constitución fue una Constitución en la que se logró una transacción política de alto nivel entre posiciones muy opuestas. El artículo 21 fue criticado porque antes de legislar para los españoles, legislaba para los extranjeros: «El ejercicio público o privado de cualquiera otro culto, queda garantizado a todos los extranjeros residentes en España sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y del derecho.

            Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica. es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior».

            Tal vez sí se pueda censurar aquella redacción desde el punto de vista jurídico. Pero no desde el punto de vista político. Políticamente fue un texto que tuvo mucha sabiduría. En la España tradicional, se afirmaba tanto, tantísimo, que aquí no había nadie que no fuera católico, que se quiso hacer una concesión a aquellos que proferían tal afirmación. No se les quiso negar abiertamente su convicción. Se quiso mencionar solamente la existencia de una posible excepción de forma indirecta, de forma condicional.

            Castelar, unos breves años después de aquellas constituyentes, llegó a ser presidente de la I República española que abolió la esclavitud.

emilio castelar presidente I republica

            Castelar, un orador de base escrita.

            Castelar escribió muchísimo. Escribió de todo. Leer su obra gigantesca, aturde. Para conocerla es necesario hacer enormes sacrificios de tiempo. Todos los discursos que pronunció fueron primeramente muy cuidadosamente escritos. Oratoriamente hablando nunca fue espontáneo. Nunca cultivó la improvisación. Cuando hablaba repetía sus textos. No era como aquellos que les gusta hacer trabajar a los taquígrafos. Tanto fue así que en el parlamento, cuando tenía necesidad de contradecir o de rectificar o de aclarar, prefería callarse para no verse obligado a hablar antes que a escribir.

            ¿Cuál fue la causa de que escribiera tanto? Su enorme afición a leer. Fue su madre la que le inculcó dicha afición haciéndole leer a todas horas. Ello le dio materia para fomentar la buena redacción. En su escuela de Sax, en Alicante, practicaba la escritura de una forma muy apasionada. Llamaba la atención de sus maestros por las características tanto de exactitud como de elegancia. Jarnés nos dice que a los trece o catorce años había escrito multitud de novelas, de folletos y de discursos.

            Sus grandes temas: España y la Libertad.

            ¿Qué temas eran los que más frecuentemente aparecían en sus escritos y en sus discursos?. En primer lugar el de España. Y a continuación, el de la Libertad. Rubén Darío lo dijo de diversas formas:

            «Por su boca, hablaba el espíritu de su patria«. «El mundo veía en Castelar, la encarnación de España«.

           Castelar España y la libertad

En cierta ocasión quiso Castelar mostrar que la sociedad había ido caminando hacia la democracia. No de golpe sino paso a paso. Y que en el momento en que se vivía faltaba llegar a la cumbre. Llegar a hacer cotidiano, el espíritu del siglo.

            Espectáculo fue cuando tras el pronunciamiento de Vicálvaro de 1854, se celebró un acto político en el Teatro Real. Castelar estaba allí. Había cumplido vente años. Pidió la palabra. Fijémonos en los solemnes contrastes repetitivos que encadena:

            «Convirtamos nuestros ojos un instante a lo pasado. La imprenta, …  encadenada al pie de los tiranos; la tribuna, la presidencia del pueblo, sujeta al carro del vencedor; las obras del ingenio humano, proscritas … ; la idea oculta en el fondo de la conciencia, estallando en el cerebro sin poder alzar su vuelo … ; la fe, vendida por una cartera de ministro; … la libertad, llorando su ignominioso calvario.

            Todos hemos presenciado el martirio de la libertad. Bravo Murillo intentó matarla con el puñal del materialismo…. Esteban Collantes la insultó con sus sarcasmos; Doménech … no dudó en venderla al absolutismo; Sartorius escribió su epitafio. … ¡Insensatos! No sabían que negando la libertad, negaban al hombre … Negando la razón, negaban a Dios «.

            Muchos de los grandes párrafos escritos o pronunciados por Castelar, tienen su base en un amplio conocimiento de la Historia. Castelar tuvo una cátedra de Historia en la universidad. Historia simplificada. Pero sobre todo, historia relacionada. En ella aparece muy frecuentemente su honda preocupación por España a la que critica sin ningún rubor ni cortapisa.

            Así habló refiriéndose a España cuando se encontraba exiliado en París, en el último periodo del reinado de Isabel II:

Emilio Castelar e Isabel II

            «No hay, no puede haber prosperidad material donde no hay ciencia; y no hay ni puede haber ciencia donde no hay pensamiento libre. Busque usted la veta de la riqueza botánica y la encontrará en Newton, que procede de Bacon el cual procede a su vez de la Reforma. Busque usted el origen de la prosperidad política de Prusia, y la encontrará en Kant que procede de Leibnitz, el cual procede a su vez de Lutero. La genealogía de todo lo que hay en Francia es la siguiente: la duda de Montaigne, la tolerancia del Edicto de Nantes, el método de Descartes, la risa de Voltaire y las explosiones de la Revolución. He meditado mucho la filosofía de la Historia y deduzco de ella que los pueblos, como España, sin revolución religiosa, sin revolución filosófica, y a penas sin revolución política, son pueblos mahometanos que pasan de visir a visir sin alcanzar nunca la conciencia de su propio derecho». …»Un día echó a los judíos , todos sus industriales. Y otro quemó a los librepensadores, todos sus sabios. Así somos un país pobre donde no hay una máquina y un ignorante  donde se pueden leer impunemente las inmundas barbaridades de Nocedal en la Academia de Jurisprudencia y la infame apología del carnicero Felipe II en la Academia de la Lengua«.

            Y sobre la libertad y la democracia, insistió de nuevo. Sigamos fijándonos en las solemnes cadencias comparativas:

            « Para igualar todas las clases ante la ciencia, vino la imprenta; para igualar todas las clases ante el derecho vino la filosofía; para igualar todas las clases ante la ley, vino la revolución. … Es necesario, pues, fundar la sociedad, fundar el derecho, fundar la ley sobre los sentimientos, sobre las ideas esparcidas sobre las conciencias por ese aire invisible y vivificante como la atmósfera material, que se llama espíritu del siglo«.

            La libertad y la democracia, las concretaba Castelar en su propaganda a favor de la república. Vuelto a España tras el levantamiento de septiembre, hizo un recorrido por diversas ciudades en las que le aclamaron multitudes pocas veces vistas: Zaragoza, Valencia, Barcelona, Alicante, Alcoy, Reus, Valladolid, Madrid.

            Uno de los párrafos más delirantes del tribuno en favor de la libertad fue el que pronunció en las Cortes del 69 sobre la supresión de la esclavitud. Acude a la persona y a la doctrina de Cristo como fundamento y como retórica:

            «aquellas manos que cincelaron los mundos, fueron taladradas por el clavo vil de la servidumbre; aquellos labios que infundieron la vida, fueron helados por el soplo de la muerte. Él, que condensó las aguas, tuvo sed. Él, que creó la luz, sintió las tinieblas sobre sus ojos. … Levantaos, esclavos, porque tenéis patria, porque habéis hallado vuestra redención, porque allende los cielos hay algo más que el abismo, hay Dios; y vosotros, huid, negreros, huid de la cólera celeste, porque vosotros, al reducir al hombre a la servidumbre, herís la libertad, herís la igualdad, herís la fraternidad, borráis las promesas evangélicas, selladas con la sangre del Calvario«.

            Los aforismos de Castelar.

 

aforismos de Castelar

            Gran impacto producía Castelar en lectores y oyentes los brillantes aforismos que tan frecuentemente producía. Veamos algunos:

                        – «España ha cansado a la Historia«

                        – «España, la Turquía de Occidente«

                        – «Muero con la agonía de España«.

                        – «Negar la libertad es negar al hombre«.

                        – «El arte consiste en dar forma al infinito«.

                        – «La religión cristiana es la verdad absoluta que contiene en sí una serie infinita de verdades«.

                        -«España es, por la política de represalias, la Polonia del Mediodía«.

            La voz y el habla.

la voz y el habla de Castelar

            ¿Qué era lo que le impulsaba a hablar? El arte de cautivar y de seducir de una manera complementaria a como cautivaba y seducía por medio de sus escritos. Para ello se gozaba de poseer un magnífico instrumento: su voz.

            ¿Cómo era la voz de Castelar? un miembro del Instituto de Francia que fue a verle a su casa, Charles Benoist, afirmó que tenía «una de las voces más poderosas que hayan jamás conocido las asambleas y agitado los pueblos. Una voz que saltaba desde una nota grave, profunda, como el rodar de un trueno, a otra nota aguda, incisiva, taladrante, como el rechinar de una sierra. Una voz que subía y bajaba súbitamente, que recorría con deliciosa agilidad toda la escala sonora«.

            Con su voz, no con su pensamiento, Castelar, provocaba un asombroso delirio y embrujamiento del público que le escuchaba. Más que sembrador de ideas – ha escrito su biógrafo Benjamín Jarnés – era cantor de emociones. Más que al pueblo, se dirigía al público.

            Su voz, nos dicen los que le conocieron y le oyeron, tenía un tinte de agudeza femenina. El público al oírle, no sentía cólera, ni indignación, ni furor bélico. Era como Cicerón que cuando acababa de hablar, la gente decía «¡Qué deleite!» No como cuando acababa de hablar Demóstenes que sus oyentes repetían: «¡A matar a Filipo! ¡A matar a Filipo!».

            El biógrafo de  Castelar doctor Pulido, escribió de su voz:

            «Sonaba amplia, robusta, apta para hablar a los grandes auditorios, hacerse oír por las multitudes y ser escuchada de todas partes. Su timbre armonioso y claro. El registro de tonos era abundante, variado, con la gama más rica de matices que se puede concebir, buena para dar lucimiento a muchos preciosos sentires y a los esmaltes de la lengua castellana«.

            Como orador, Castelar era seductor. Y para seducir la manifestación externa de la fuerza que quería inocular a los demás era el montaje de la escenografía. Cada gran orador tiene necesariamente su escenografía. La de Castelar era la propia del gran espectáculo. Un espectáculo con música.

            Todo lo que acabamos de decir nos lleva a manifestar que Castelar era muy buen declamador. Declamaba con éxito en sus años escolares. Pero también cuando repetía discursos de grandes oradores. Entre los españoles prestaba atención a Ríos Rosas. Y entre los extranjeros a Gambetta y a Víctor Hugo. Primero -como sucedió en una reunión en casa de Emilia Pardo Bazán- daba las características del orador en cuestión. Luego, haciendo gala de su potentísima memoria, repetía alguno de sus párrafos más elocuentes. Al final recitaba ¿cómo no? Su Sinaí.

            Cuando Castelar hablaba en el Congreso, el hemiciclo se llenaba del todo. Se esperaba la intervención castelarina como si fuese a comenzar un gran espectáculo.

            En cierta ocasión, en un momento determinado de uno de sus discursos parlamentarios, Castelar perdió la voz. En consecuencia, dijo: «No hice ningún efecto en la Cámara«.

            Al cabo de poco tiempo, la recobró. «Mi último discurso me ha devuelto, – dijo – la tranquilidad por completo. Nunca la tuve tan flexible, tan obediente y tan sonora. La Cámara estuvo dos horas sin respirar, recogiendo el aliento para no perder una palabra y coronando cada uno de mis párrafos con sus aplausos. El efecto ha sido inmenso. Hablé con mucho reposo, y no perdieron los taquígrafos una palabra de mi discurso«.

            Las palabras que Castelar dedica a su voz son muestra que nos enseña a ver cómo la cuidaba y cómo la valoraba.

            El entierro en San Isidro. Y el monumento en la Castellana.

Entierro de Castelar en la Puerta del Sol

            Para terminar exaltando la gloria de Castelar, es decir, las manifestaciones exitosas que se produjeron en torno a su persona, en torno a sus cualidades de orador que habían fascinado a sus multitudes, prestemos atención a dos sucesos post mortem de extraordinario valor. En primer lugar, hablaremos de su entierro. En segundo lugar, del monumento que Benlliure le hizo para ser colocado en el centro de Madrid, en medio del paseo de la Castellana.

            Su entierro nos lo cuenta con detalle Rubén Darío, en el artículo que escribió en La Nación de Buenos Aires un mes después de morir. Qué artículo tan embriagador.

            Tras su muerte junto al mar Mediterráneo, en San Pedro del Pinatar, siendo ministro de la guerra el general Polavieja, aparece un decreto en La Gaceta: «Resultando que don Emilio Castelar ha muerto en honrada pobreza. Artículo 1º -. Los gastos que ocasione su enterramiento y honras fúnebres, serán de cuenta del Estado».

            Se produjeron inmediatamente espectaculares pésames internacionales: las cámaras italianas y portuguesas, el senado de la República Argentina, el gobierno de Rusia, el Instituto de Francia. En cambio, como era republicano, el gobierno español le negó los honores militares a pesar de su trabajo en favor del cuerpo de artillería. Los generales que quisieron acudir a su entierro, tuvieron que hacerlo en traje de calle.

            Llega a  Madrid el cadáver en triunfo. Es depositado en el palacio del Congreso. El público desfila. Se organiza el entierro. Las calles – Alcalá, Sol, Mayor – se desbordan de público. Abre el desfile la guardia civil a caballo. Siguen los asilados, los comerciantes, la Academia de la Historia, el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes. Bretón, Echegaray, Martínez Campos. Weyler, el nuncio, el embajador de China, el Consejo de Ministros.

            Unos años después, preparado por Mariano Benlliure, se levanta en el centro de la Castellana, el monumento que podemos contemplar hoy  con fascinación. Tal vez el más glorioso que hemos heredado en Madrid de los políticos que tuvimos en el pasado. En el centro está el tribuno levantando la mano desde su escaño parlamentario. Tal vez como estuvo cuando pronunció Grande es Dios en el Sinaí. A sus pies, en piedra blanca,  una mujer desnuda. Es el símbolo de la oratoria que se le arroja a los brazos. Subiendo por las escaleras dos figuras que representan a los dos oradores más famosos de la Historia: Demóstenes y Cicerón. Los dos en posición admirativa hacia el tribuno. Detrás, evocaciones en bronce de la supresión de la esclavitud y de la revolución. ¿Y arriba? Tres gráciles figuras con porte primaveral encima de la trilogía «Libertad, Igualdad,  Fraternidad«. Las tres palabras, en tiempo de Franco, fueron arrancadas. Sobre las estatuas le pidieron al obispo de Madrid, monseñor Eijo Garay, que tenía el título honorífico de «Patriarca de las Indias Occidentales» qué se debía hacer. Y como le pareció que al estar tan en alto no se divisaban bien sus desnudos miembros femeninos, dijo: dejadlas tal como están.

            Un buen biógrafo de Castelar es Benjamín Jarnés. De gran interés es como hemos visto lo que sobre él escribió Rubén Darío.

Carlos
carlos.llerena@theshedcoworking.com
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