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Cómo hablar bien ¡solemnemente! en público. - EL arte de la Oratoria
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Santiago Petschen

Cómo hablar bien ¡solemnemente! en público.

Consejos a aprender a hablar bien ¡solemnemente! en público de manera atractiva.

Muchas veces, por no decir siempre, la palabra es por completo, íntima compañera de las grandes manifestaciones humanas. De los mítines políticos, de los foros internacionales, de las asambleas jurídicas, de los congresos científicos, de los encuentros económicos, de la grandeza de las batallas y de las guerras. Pues sí. También es compañera de las guerras y de las batallas.

Teniendo en cuenta lo último que acabamos de decir, vamos a comparar el valor que tuvo la palabra humana en dos guerras separadas entre sí por algo más de tres mil años de historia: la Guerra de Troya y la II Guerra Mundial.

 

En los miles de guerras intermedias que entre las dos citadas ha habido, sucedió lo mismo. Al final veremos si podemos sacar alguna consecuencia positiva para nuestro hablar bien en público de la comparación que hacemos. En ambas situaciones, la utilización eficaz de la palabra estuvo caracterizada por la solemnidad.

En la guerra de Troya, la palabra aparece espontánea, masivamente pronunciada, salvaje incluso. Es alada. Homero, con dicho epíteto, evoca su naturaleza voladora. Para que se meta en el ánimo del que las escucha.

En toda la epopeya, las palabras tienen variadísimas características dependiendo de las circunstancias en que son lanzadas o se dejan escapar: lisonjeras, recias, duras, injuriosas, baldías, simples, ingenuas, infantiles, que se amontonan, insultantes, zalameras, sagaces, estimuladoras. Van acompañadas de una voz que las envuelve de manera siempre diversa. Voz ancha (la de Zeus), potente, penetrante, recia, fornida, inquebrantable, ruidosa, sonora, humana.

De entre esas palabras espontáneas, masivas y salvajes surge en la epopeya la palabra selecta, estudiada, bien pensada. La de los numerosos discursos – más de doscientos – entre los que destacamos el del troyano  Héctor al aqueo Patroclo. Y el del aqueo Aquiles a Héctor tras asestarle certeramente la pica de la muerte.

Aquiles y Hector

Dichos discursos llenan la epopeya de selecto arte. Si no fuera por ellos, la epopeya no tendría la gloriosa valía humana y literaria que tiene. Qué oradores y oradoras tan grandes tiene la antigua Grecia entre los dioses y las diosas del cielo y los hombres y las mujeres mortales.

Hay sin embargo algo más. Entre los oradores Homero destaca a dos como dominadores del arte de la palabra: Néstor y  Ulises.  Néstor, el sonoro orador de los pilios de cuya lengua, más dulce que la miel, fluía la palabra. Y Ulises que cuando dejaba salir del pecho su elevada voz con vocablos parecidos a invernales copos de nieve, no podía rivalizar con él ningún mortal.

Nestor y Ulises

En la II Guerra Mundial tuvo gran importancia la palabra. Pero de una forma distinta a cómo se utilizó en la Guerra de Troya. En el bando aliado, la palabra fue monopolizada por el líder británico Winston Churchill.

wiston Churchill

En el discurso del 13 de mayo de 1940 en la Cámara de los Comunes, el primero pronunciado tras ser elegido primer ministro, pronunció una frase muy repetida después: «No tengo otra cosa que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». En inglés «blod, toil, tears, sweet«.  Dicho discurso fue comentado por John Lukacs en un libro titulado  Churchill y el discurso que ganó una guerra.

A poco se produjo el discurso del 4 de junio en la que pronunció el párrafo tan de sobras conocido: We shall fight on the beaches … Y que termina con la impresionante exclamación: We shall never surrender.

El gran historiador Henry Kamen cuenta que en alguna ocasión, Churchill, al que no le complacía demasiado su voz, buscó un suplantador que pronunciase ante la BBC  el discurso por él escrito. La gente se creía que estaba oyendo a Churchill pero a quien oía era al suplantador oficialmente elegido.

El carisma que tuvo Churchill arrastra el efecto de su oratoria hasta nuestros días. Una exposición celebrada hace poco en Nueva York sobre Churchill fue titulada «el poder de la palabra», haciendo referencia a la cualidad que el antiguo premier británico tenía. Todas las últimas películas del premier británico de la II Guerra (Churchill, Dunkerke, Darkest hour) incluyen fragmentos de sus discursos. Decir Churchill es decir, palabra.

Puede ser que nosotros, no tengamos necesidad de hablar en ninguna guerra. Lo más seguro. Ninguna oportunidad. Pero sí que nuestra palabra puede darnos el éxito definitivo en un foro internacional, en una asamblea jurídica o en un congreso científico.

            Tres caminos debemos seguir si queremos que nuestro hablar en público sea solemne y brillante.

  1. El primero es mostrar plenitud cultural. Dar a entender de una manera muy clara que en el trasfondo de lo que digo existe un dominio cultural bastante expandido.
  2. El segundo, la repetición de memoria de textos importantes y, a poder ser, famosos. Párrafos asimilados y declamados sin ninguna vacilación.
  3. Y el tercero, la pronunciación lenta con un hábil manejo de pausas. A ellos nos iremos refiriendo en posteriores intervenciones.

 

 

*Santiago Petschen es profesor de Habilidades oratorias en la Escuela de Gobierno de la Universidad Complutense de Madrid.

Carlos
carlos.llerena@theshedcoworking.com
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